viernes, 20 de mayo de 2011

TERCERO

Apenas él le llegaba el pensamiento a ella se le aceleraba el corazón y caían en fantasías, en salvajes jolgorios, en ganas enfurecedoras. Cada vez que el procuraba recordar las aventuras, se enredaba en un sendero penumbroso y tenía que envolverse de cara al sueño, sintiendo como poco a poco las caricias se deslizaban se iban acumulando, duplicando, hasta quedar tendido como el caballero de batalla a que se le han dejado caer unas gotas de valeriana, y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se acariciaba los labios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus atributos. Apenas se alistaban, algo como un rito los antojaba, los preparaba y paramovia, de pronto era el pudor, la trifulca convulsionante de las almas, jadeante caricia del éxtasis, los gemidos del pensamiento en una improvisada pausa. ¡Calma! ¡Calma! Posados en la cabecera del remanso, se sentían palpitar, agitados y cansados. Temblaba el reloj, se vencían las barreras, y todo se mezclaba en un profundo pensamiento, en horas minutos segundos, en pasados casi crueles que los obligaban hasta el límite del placer.



[Rayuela - Capitulo 68 de Julio Cortázar, modificado por David Monroy]

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